No permitas que te alcance el keniano

[picapp align=”center” wrap=”false” link=”term=marathon&iid=119854″ src=”0116/aa661eb6-0a36-47cd-acb7-2f8aee4375ce.jpg?adImageId=7861241&imageId=119854″ width=”500″ height=”330″ /]
En una entrada anterior les contaba sobre la historia de “la vaca de los 40 litros“, hoy les voy a contar la del “Keniano”.

Hace algunos años durante un proyecto muy demandante, era común que tuviéramos que trabajar hasta la madrugada para apenas cumplir con los tiempos de entrega de partes pilotos y prototipos. En una de esas noches le pregunto a mi cuadrilla de operadores del turno vespertino que es lo que les hacía falta para terminar y me dijeron que sólo la prueba final, que tomaba como unos 10 minutos. Les dije que mientra ellos hacían la prueba yo iba a mi computadora a enviar unos correos, básicamente sobre los avances del día y notificarle al cliente que sus piezas estaban terminadas y listas para ser embarcadas. Cuando regreso, los veo sentados en el suelo, obviamente cansados, sin haber siquiera iniciado la prueba. Cuando les pregunto si ya habían terminado me responden que no, que me estaban esperando.

Para esas fechas estábamos en temporada de juegos olímpicos, así que me pareció muy apropiado llamarles la atención usando una situación relacionada al tema de moda. Les dije algo por el estilo de “¡Por eso los mexicanos no valemos manga! Porque nos confiamos, porque aflojamos el paso al final, en los últimos kilómetros. ¿Qué es lo que pasa con los mexicanos en la caminata? Va el mexicano desde el primer kilómetro liderando la carrera, en los últimos kilómetros va solo, voltea y no ve a nadie, en su mente se confía y empieza a aflojar el paso. Dos kilómetros antes de la meta, empieza a acercarse el keniano, con paso firme, decidido a alcanzar al mexicano. El mexicano confiado cuando menos se lo espera ya tiene al keniano pisándole los talones y no se da ni cuenta cuando este lo rebasa. El triste paisano cuando decide apretar el paso ya esta reventado, y no puede darle alcance. Así que decide violar algunas reglas para tratar de alcanzarlo, pero lo ve el juez y lo descalifica”. ¿Quién podría rebatir esta lógica tan contundente, no lo creen?

El remate es aun mas espectacular que la historia en si: “¡Cierren duro! ¡No permitan que los alcance el keniano!.
Cuando termine, parecía que el cansancio había desaparecido. ¡Habían encontrado su segundo aire! Esa madrugada, cerraron duro la jornada. Mientras los llevaba a sus casa, todo el trayecto estuvieron comentando como a ellos o alguien cercano por no cerrar duro había perdido novia, dinero, familia, salud, negocio, o cualquier cosa que pueda ser perdida por consecuencia de la decidía. Me sentí satisfecho porque ese es el tipo de actitud que se contagia y nos lleva a formar equipos exitosos, y finalmente a alcanzar las metas propuestas.

Durante los días siguientes se seguía hablando del keniano, pero como sucede con toda comunicación empezó a transformarse por el efecto del ‘teléfono descompuesto’. Durante toda la vida del proyecto, y me comentan que hasta la fecha, la filosofía de esfuerzo que compartí con ellos esa madrugada quedó resumida en estas palabras: “¡Ponte abusado porque te va a violar el keniano!”.

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